Notas escritas
Luz imprevista, el baile de las hojas se proyecta en la pared, reclama calma, clama en la calle , calma en la casa.

Azulejos, Lunes 22 de septiembre 17:03
¿Cuántos azulejos se habrán caído? Esto me recuerda, ¿Cuántas pecas me habrán salido?¿Cuántos lunares? ¿Son los azulejos las pecas del metro?

Puerta, Martes 23 de septiembre 19:24
Huellas en la puerta, Arroyo, Capias, Martinez
Arroyo es la calle en la que estoy, la definición de Capias es “Maíz blanco y muy dulce que se emplea en la preparación de golosinas.” Arroyo , caudal corto de agua, casi continuo. Cuanta historía en una puerta.

Hormigón, Domingo 21 de septiembre 18:58
Acumulación, cemento, hormigón, hierros…llevan ahí meses, quizás están para no volver, quizás ese es su sitio.

Erosiones, Martes 23 de septiembre 17:36
“Se desgarra la pintura, el oxido, los papeles a capas, las huellas“
Pensamientos de la erosión
Vuelos
En su Breve tratado del arte involuntario, Gilles Clément propone una mirada atenta hacia aquellos fenómenos que, sin pretensión estética ni intervención humana, despliegan una belleza singular. Dentro de la categoría de Vuelos, el viento se presenta como fuerza generadora de formas, ritmos y movimientos que exceden la voluntad del hombre y que, sin embargo, son capaces de suscitar una experiencia estética profunda.
Los registros videográficos analizados evidencian tres manifestaciones del viento que se inscriben en este arte involuntario. En primer lugar, el mar de plásticos en los campos de Cartagena muestra cómo el viento, al recorrer los surcos agrícolas cubiertos por láminas artificiales, produce ondas y corrientes que simulan un océano. El material inerte cobra vida bajo el soplo del aire, y lo que podría considerarse un desecho visual se transforma en un paisaje hipnótico. Aquí el viento revela una paradoja: lo artificial se vuelve naturaleza en movimiento.
En segundo lugar, la danza de las ramas y hojas en los árboles pone en evidencia la capacidad del viento para transformar lo estático en coreografía. El movimiento pendular de los troncos y el murmullo de las hojas configuran un cántico efímero que no requiere partitura ni compositor. La vibración del follaje se convierte en música, recordándonos que el sonido puede ser también un vuelo, una elevación sensible hacia lo invisible.
Finalmente, en el mar, el viento actúa como escultor de la superficie líquida, produciendo olas y resonancias que despiertan en quien observa una sensación de gratificación y serenidad. La vastedad del agua en movimiento, acompañada por su rumor constante, enfatiza la dimensión inmersiva del fenómeno: el espectador no solo contempla, sino que es rodeado y afectado por la energía que circula.
En los tres casos, el viento se revela como un mediador entre lo visible y lo invisible, un agente que convierte la materia —ya sea plástico, madera o agua— en soporte de una expresión involuntaria. El arte que emerge de estos movimientos no es intencional, pero sí perceptible en la experiencia sensible del observador. La categoría de Vuelos propuesta por Clément nos invita, entonces, a reconsiderar el lugar del azar, la impermanencia y la fuerza natural como elementos que configuran estéticas no humanas. El viento, en su constante desplazamiento, abre un espacio para el asombro: su obra carece de firma, pero no de potencia.
Huellas en la luz
Huellas en la luz, arte involuntario
Distorsión como perdida– Propuesta artística
En este proyecto he partido de una serie de imágenes que, por su naturaleza involuntaria, contenían una belleza que no buscaba serlo: escenas captadas al azar, gestos naturales, fragmentos del mundo que se ofrecían sin intención. Sin embargo, al seleccionarlas y transformarlas, he intervenido ese equilibrio, provocando una pérdida consciente.
La decisión de distorsionar las imágenes nace del deseo de poner en evidencia ese momento en que la mirada humana altera lo que toca. Al manipularlas —al deformar su nitidez, alterar su color, desplazar su forma— he querido que la imagen misma hable del paso del tiempo, de la memoria y de la fragilidad de lo visible. La distorsión actúa aquí como una metáfora del olvido, una forma de erosión visual donde lo que antes era claro se vuelve incierto, donde la realidad se disuelve en su propio reflejo.
De este modo, cada imagen conserva algo de su origen, pero también revela su transformación: un tránsito entre lo natural y lo interpretado, entre lo real y lo imaginado. La pérdida no es destrucción, sino un nuevo modo de mirar; una búsqueda de belleza en lo incompleto, en lo que se escapa.
El proyecto se inscribe así en la noción de arte involuntario de Gilles Clément, donde la creación no surge del control ni de la intención, sino del azar y del encuentro. La distorsión, al igual que la erosión o el paso del viento, se convierte en una forma de colaboración con el tiempo: un gesto que deja que la imagen respire su propia imperfección.