He visto unas flores en un camión de basura … las cosas buenas no hace falta entenderlas.
Ventana abierta entre muchas ,todas cerradas y una entornada 8:28
Sombras que hablan: una narrativa de luz y memoria
El proyecto surge de la necesidad de explorar la relación entre luz y sombra como elementos narrativos y simbólicos, tomando como referencia la obra de ilustradoras contemporáneas como Joanna Concejo y Miho Kajioka. Ambas artistas trabajan con la sutileza, la introspección y el uso poético de espacios vacíos, sugerencias de forma y contrastes de luz, generando atmósferas que invitan a la contemplación y al recogimiento.
Al mismo tiempo, el proyecto dialoga con la idea del arte involuntario, tal como lo plantea Gilles Clément en su Breve tratado del arte involuntario, donde los elementos naturales y cotidianos —como la luz que filtra entre ramas o ventanas— crean formas y sensaciones que trascienden la intención humana directa.
La elección de papeles reutilizados, provenientes de libros viejos o materiales descartados, introduce otra capa de significado: cada soporte ya tiene una historia, una memoria que se mezcla con la nueva narrativa que se construye sobre él. Esto permite que la obra no solo sea ecológica, sino que también juegue con la idea de capas temporales, donde el pasado y el presente conviven en la superficie del papel.
Intención y motivación
El proyecto busca:
- Explorar la luz como símbolo de claridad, esperanza y atención, y la sombra como espacio de introspección, silencio y contorno.
- Crear una narrativa visual tipo cómic, pero de manera elegante y sencilla, donde los dibujos sugieran historias y emociones sin necesidad de texto.
- Poner en diálogo la memoria de los soportes antiguos con nuevas imágenes, resaltando cómo lo reciclado puede adquirir nueva vida estética y narrativa.
- Investigar cómo el grafito, en su escala de grises y matices, puede generar atmósferas poéticas y sensoriales, jugando con la densidad de la sombra y la delicadeza de la luz.
Proceso de creación
- Selección de soportes: libros viejos, papeles de distintos gramajes y texturas, con marcas, tintas o manchas previas que se incorporan como parte de la composición.
- Diseño de escenas: bocetos preliminares a lápiz, estudiando cómo la luz y la sombra van a estructurar la escena y a guiar la mirada del espectador.
- Desarrollo de los dibujos: uso de grafito en distintas durezas para crear gradaciones de luz y sombra, enfatizando atmósferas sutiles, contornos sugeridos y detalles mínimos.
- Montaje y narración: los dibujos se organizan de manera secuencial, como un cómic, pero manteniendo una estética minimalista y elegante. Se prioriza la lectura visual fluida, donde cada escena comunica emoción, movimiento o reflexión sin necesidad de texto.
Referencias y referentes
- Joanna Concejo: su trabajo con espacios vacíos, contrastes sutiles y narrativa poética inspira la forma en que los dibujos sugieren emociones y silencios. Obras como M jak morze muestran cómo la luz y la sombra pueden narrar sentimientos complejos de manera minimalista.
- Miho Kajioka: la artista japonesa trabaja con composición, contraste y textura, usando medios tradicionales para crear imágenes contemplativas y meditativas. Su manejo de la simplicidad y el equilibrio visual sirve de modelo para estructurar las escenas en esta serie.
- Gilles Clément – arte involuntario: la noción de belleza que surge sin intención total del artista se refleja en cómo los soportes antiguos y sus marcas previas se integran en las nuevas composiciones.
Esta serie de dibujos a grafito sobre papeles reutilizados busca crear un diálogo entre luz y sombra, memoria y presente, texto y vacío. La luz en las escenas simboliza la claridad, la atención y la vida; la sombra, la introspección, el silencio y lo no dicho. Al trabajar con soportes antiguos, cada pieza se convierte en un registro temporal múltiple, donde la historia del papel se encuentra con la nueva narrativa del artista.
En conjunto, los dibujos construyen un cómic poético que no depende de la palabra, sino del juego entre la observación y la sugerencia visual. Se trata de un espacio donde el espectador puede detenerse, mirar y reflexionar, reconociendo en la luz y la sombra tanto lo que se revela como lo que permanece oculto.
Reflexión sobre el Viento
El viento es una de las presencias más antiguas y discretas del mundo. No tiene forma ni cuerpo, y sin embargo, todo lo toca. Su paso es invisible, pero deja huella en aquello que encuentra: en las ramas que se inclinan, en los plásticos que ondulan sobre los campos, en las olas que despierta en el mar. Es el movimiento sin dueño, la coreografía del azar.
En el Breve tratado del arte involuntario, Gilles Clément habla del vuelo como una categoría de lo involuntario: lo que se eleva, lo que escapa a la intención humana, lo que existe solo en el instante de su desplazamiento. El viento encarna esa condición: no se deja poseer, solo puede percibirse a través de lo que mueve. Su arte es indirecto, intermediado; su obra, efímera.
Al observar el viento, no vemos al viento, sino lo que él provoca: el plástico que vibra en los campos, las hojas que bailan, el mar que se agita. Cada movimiento es una forma de lenguaje, una escritura sin tinta que se traza sobre el mundo. Y en ese gesto natural, involuntario, se revela una belleza que no pertenece a nadie, una armonía nacida del desorden.
Hay en el viento una dimensión sonora que también conmueve. El murmullo entre las ramas, el golpe sordo del aire en los muros, el crujido de los materiales al moverse. Son cantos del azar, composiciones que no buscan ser oídas, pero que nos devuelven la conciencia del presente. Escuchar al viento es aprender a atender lo impermanente, lo que no se fija ni se repite.
El viento, además, une los paisajes. Lo mismo que agita las aguas del mar puede rozar después los campos y colarse por la ventana de una habitación. En ese tránsito, se lleva fragmentos del mundo, olores, temperaturas, memorias suspendidas. Es una presencia que conecta, que transforma lo individual en común.
En su aparente sencillez, el viento nos recuerda el sentido del arte involuntario: la belleza que no nace de la intención, sino del encuentro. Observarlo es aceptar la transitoriedad, la forma en que el mundo se expresa sin necesitar palabras ni propósito.
El viento no se deja poseer ni reproducir; solo puede ser sentido. Y en ese acto de atención —en mirar cómo mueve, cómo canta, cómo desaparece— el espectador se convierte también en parte del movimiento. Porque allí donde sopla el viento, algo se revela: la materia se anima, la quietud se interrumpe, y el tiempo se hace visible por un instante.
Reflexión sobre la Erosión
La erosión es el tiempo hecho visible. Es la forma en que la materia se deja escribir por el paso de los días, el roce del viento, el fluir del agua o el peso de la vida. Donde el ser humano ve desgaste, la naturaleza revela transformación. Nada permanece intacto; todo se suaviza, se disuelve, se reconfigura. La erosión no destruye: revela.
Como en el arte involuntario del que habla Gilles Clément, la erosión pertenece al dominio de lo no intencionado. Es un gesto que ocurre sin manos, un proceso que no busca la belleza pero la produce. Las piedras pulidas por el río, los muros desgastados por la lluvia, los suelos que se hunden y renuevan son testimonios de un arte silencioso, donde el tiempo actúa como artista anónimo.
En cada huella erosionada hay una historia. La superficie se convierte en memoria: lo que fue firme se ablanda, lo que fue límite se abre, lo que fue opaco adquiere brillo. En ese sentido, la erosión puede leerse como una escritura lenta, una manera en que el paisaje narra su propio devenir. La tierra, las rocas, los muros o los cuerpos erosionados son páginas donde el tiempo ha escrito sin palabras.
La erosión también habla de fragilidad. Frente a su acción, toda forma humana se muestra transitoria. Lo que construimos para durar acaba cediendo, y en esa rendición se encuentra cierta verdad: que toda permanencia es ilusión. Sin embargo, hay consuelo en esa pérdida. El desgaste no es solo desaparición, sino también creación: lo que se deshace en un lugar se deposita en otro, lo que se erosiona en la superficie se convierte en polvo fértil.
Mirar la erosión es mirar el equilibrio entre presencia y desaparición. Es reconocer que lo sólido no es eterno, que el mundo se rehace continuamente bajo la acción de fuerzas invisibles. Es, también, aceptar que el arte no siempre nace del gesto, sino del paso del tiempo, del roce constante entre materia y entorno.
En esa lenta transformación, el paisaje se convierte en un archivo vivo: una suma de pérdidas y persistencias que configuran su identidad. Y así, lo erosionado deja de ser ruina para convertirse en forma; deja de ser olvido para ser memoria. La erosión, al igual que el viento o la sombra, nos recuerda que todo lo que existe está destinado a cambiar, y que en ese cambio reside la belleza más profunda: la belleza de lo que continúa siendo, aun mientras desaparece.
