
” … donde la naturaleza ha resurgido y ha creado nuevos ecosistemas.”
Cal Flyn
Mi proyecto surge de un regreso.
Vuelvo al Carmolí, un paisaje que conocí en los veranos de mi infancia y que hoy observo con otra mirada: la de quien busca entender cómo el territorio guarda memoria.
A través de mis recorridos por el antiguo anfipuerto, el aeródromo y los búnkeres dispersos en el paisaje del Mar Menor, recojo materiales que el tiempo ha devuelto a la superficie: tejas, fragmentos, piedras, tierra, arena y sal. Cada uno conserva una huella, un vestigio de lo que fue y de lo que la naturaleza ha reclamado.



Mi propuesta artística consiste en presentar estos materiales recuperados en una pequeña exposición, como si fueran archivos orgánicos del territorio. Sobre ellos realizo intervenciones gráficas y matéricas, en las que aludo a las plantas autóctonas que han colonizado de nuevo estos espacios: la flora resistente de los humedales y del campo seco de Cartagena.
Mediante prints, transferencias o collage, incorporo dibujos botánicos y textos breves que describen las características de cada especie y su relación con el entorno. La obra se convierte así en un diálogo entre materia y memoria, entre lo que permanece y lo que vuelve a brotar.
El proyecto busca visibilizar ese proceso silencioso de recuperación natural que ocurre cuando el abandono permite que la vida retome el espacio. La flora se convierte en narradora de una historia de resistencia, donde las ruinas humanas y el paisaje se funden hasta hacerse indistinguibles.
En esta exposición, cada fragmento —una teja, un trozo de sal, una piedra erosionada— funciona como un pequeño testimonio del renacer.
El gesto artístico no pretende restaurar, sino escuchar al lugar y dejar que hable a través de los materiales que ha conservado y transformado.






Este proyecto nace del deseo de regresar a un territorio que forma parte de mi memoria personal y colectiva: El Carmolí, un paisaje situado junto al Mar Menor, en la Región de Murcia.
Durante años pasé allí mis veranos, observando un entorno que hoy, con el paso del tiempo, se ha transformado en un lugar suspendido entre la ruina y la regeneración natural. El resultado no busca monumentalizar la ruina, sino reconocer el poder regenerador del tiempo y de la naturaleza.
La práctica artística se transforma así en un acto de escucha y reparación simbólica.

Cojo la delicadeza de Miho Kajioka al representar los espacios, la ilustración de Joanna Concejo a grafito.También encuentro eco en la mirada contemporánea de artistas como Ursula Biemann, que exploran la memoria ecológica y los vínculos entre paisaje, ciencia y archivo. Robert Smithson, con su concepto de site/non-site, plantea que el paisaje puede trasladarse al espacio expositivo a través de fragmentos materiales y documentación.Francis Alÿs, con sus recorridos performativos y su atención a lo cotidiano, refuerza la dimensión procesual y poética del desplazamiento.
El proceso se desarrolla en varias fases:
- Investigación documental: recopilación de mapas y archivos sobre el aeródromo, el anfipuerto y las construcciones del Carmolí.
- Trabajo de campo: recorridos por la zona con cámara analógica, registro fotográfico y recogida de materiales encontrados en los alrededores.
- Selección de materiales: clasificación de fragmentos según su procedencia (tejas, piedra, sal, metal, vidrio).
- Intervención artística: experimentación con técnicas de impresión y dibujo botánico sobre los materiales recuperados.
- Montaje expositivo: disposición de las piezas en una sala blanca con vitrinas.
El proyecto plantea una reflexión sobre la capacidad regeneradora de la naturaleza y el modo en que los lugares abandonados conservan memoria a través de sus materiales.
Los restos arquitectónicos se convierten en superficies donde la vida vegetal crece sin permiso, cuestionando las nociones de control, propiedad y permanencia.La intervención artística actúa como una forma de escucha del territorio.
No busca imponer una nueva narrativa, sino revelar las huellas invisibles que conectan historia, materia y ecología.
Cada fragmento es un testigo del diálogo entre lo que el hombre dejó y lo que la tierra decidió conservar.

“Archivo militar 1957” es un ejercicio de observación, memoria y respeto hacia un territorio en transformación.
A través de la recolección, la intervención y la representación botánica, el proyecto reivindica la presencia de la naturaleza como agente activo, capaz de reescribir los espacios que el ser humano abandona. Sobre algunos de estos materiales realizo intervenciones gráficas que hacen alusión a las plantas autóctonas que hoy dominan la zona. A través de técnicas como la transferencia de imágenes , estampo sobre las superficies los dibujos de flores y especies vegetales que habitan los humedales y las zonas áridas del entorno. Junto a las imágenes, incluyo textos breves que describen las características de cada planta y su relación con el suelo, la salinidad y la vida silvestre del Mar Menor.
Cada pieza funciona como un pequeño archivo matérico, un diálogo entre el vestigio industrial y la vida que lo rodea.
El Carmolí se convierte así en símbolo de esa convivencia entre ruina y vida, entre lo que fue construido para durar y lo que, finalmente, persiste por su capacidad de adaptarse.
Más que documentar un lugar, este trabajo busca entender su respiración: la manera en que la tierra, la sal y las plantas devuelven al paisaje su voz original.




